de repente se para,
andas con pisadas en la nieve
y sangre sucia en la cara.
Mareado, absorto y perdido,
sin saber dónde armar
el valor que hablaba de salir
y no supo cómo entrar.
Seguí caminando,
pies desnudos y mirada blanca,
y encontré la sabiduría
en lo que la memoria arranca.
En el árbol de hojas infinitas
que mi abuelo siempre guardaba,
ese libro que dentro ardía
con un "levántate y anda".
Aun con mil hojas vacías,
y con todo por escribir,
seguí mirando la portada
de cuero curtido sin teñir,
esa misma que me gritaba:
"lucha por tu juventud,
pelea en la noche el mañana,
que yo ya no tengo fuerzas,
pero te abrazaré en la madrugada".
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