domingo, 29 de septiembre de 2013

Lluvia. Poema XXXV.

Cientos de balas caen del cielo
a purificar los corazones marchitos
y a dar vida al apagado campo del otoño.
Proyectiles, lágrimas punzantes,
que abren tierras nuevas
al hastío final del verano.

Caes grácil y danzarina sobre mi pelo
y te pierdes en él, como buscando
tu propio sitio, tu destino, la tierra.

Repican las campanas
con tus divinas gotas,
y haces llorar
a quien te mira cara a cara,
haciendo sonreír a las almas.

Despiertas con tu cielo gris
los recuerdos de un pasado mejor
en los paisajes que ahora abrazas.

Me arropas con tu manta cálida,
que cubre hasta el alma,
y adornas el silencio con tu canción
hasta hacerme dormir,
tal vez soñar,
quizás fantasear.

Y no puedo controlarte,
toda fuerza bruta.
Arañazos de diamante
en cristales y ventanas.

Yo no quiero verte,
quiero oírte. Quiero tocarte,
quiero oler tu hierba fresca
y tu húmedo aire,
respirando de él
tu abrazo de libertad.

No quiero tus aguas,
vieja compañera.
Déjame oír tu sonido,
en el gran piano,
de teclas de marfil.
Semicorcheas bailan
al compás de tus gotas,
floreciendo entre ondas
del charco que formas.
Cantan al son del jazz,
y del blues,
silban con el viento materno
que te acompaña en el viaje.
Viento que amortigua
tu troposférico suicidio,
vigilado por las ovejas plateadas
que te lloran.

¿Y qué es la lluvia sino agua?
Y el agua es vida,
y la vida es el camino del amor
y de las espinas.
Y soñar,
y hacerlo despierto.
Lluvia, agua, vida, sueño y espinas.
O solo agua.
O magia.
Esa que me hace creer, gota a gota,
que estás aquí, a mi lado,
con tu cálida humedad
abrazando mis pensamientos.
Bajo el pellizco recóndito de mi corazón
surge la lluvia que te muestra hoy,
mojada, ante mí.

Pequeñas caricias azules,
que recibe la tierra,
con el entusiasmo de un niño
pisando en sus charcos.
Hoy no llueve, llora el viento
que te alejó de mí.

Tú, que de fuentes improvisadas
llenas las calles,
haces salvaje a los ríos,
que rugen y bailan con alegría
esperando la hora de su mar.

Y te fuiste,
cantando tu canción,
a otro lugar,
a silenciar a las aves
con tu propio cantar.
Las pequeñas hojas de la arboleda
dejaste con su llorar desconsolado,
y el viento, tempestad de cambios,
murió silbando la melodía
del amante solitario.

No hay comentarios:

Publicar un comentario