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-Explíquese, por favor. -dijo movido por la curiosidad, por esa misma que le hizo abrir la puerta a un completo desconocido de tintes sombríos y rodeado por el más completo secretismo.
-¿Es usted David? ¿David Westinghouse?
-Sí, soy yo. ¿Cómo sabe mi nombre? -contestó perplejo.
-Eso no importa ahora, no tengo demasiado tiempo. Si estoy en el lugar correcto no deberían tardar en llegar.
-¿Tardar en llegar? ¿Quién? -preguntó, pensando dubitativo en si debería saber lo siguiente-. ¿Estoy en peligro?
-Deje las preguntas para más tarde, por favor. -respondió de forma seca y dominante-. Ahora escuche esto con atención.
El desconocido se inclinó hacia adelante y apoyó los codos sobre el escritorio.
-Su padre falleció la semana pasada. Fue asesinado por... -dudó en si debería continuar-. Bueno, fue asesinado.
-¿C-C-Cómo? -vaciló-. ¿Mi padre? Mi padre murió hace nueve años en un accidente de tráfico. Creo que se equivocan de persona.
-Eso fue lo que intentamos que pareciera. Déjeme continuar, se lo explicaré. -dijo el hombre de forma cortante-. Su padre llevaba trabajando con nosotros desde hacía un par de décadas. Trataba de recomponer un proyecto en el que hacía años que trabajaba. Intentaba crear energía desde la nada. Energía libre, gratuita y accesible incluso para las personas más pobres. Esto no gusta a todo el mundo, ya que, para empezar, las multinacionales energéticas se desmoronarían y esto provocaría el más absoluto caos económico y financiero mundial. Enfadaría a demasiadas personas. Creo que me entiende. Tuvimos que hacerle desaparecer. No había otra opción.
El profesor seguía aún estancado en la primera frase que el desconocido dejó escapar de su boca y en su mente se repetían sin cesar, como un martillo golpeando un yunque: padre-asesinado-semana pasada.
El tiempo había pasado casi imperceptiblemente, ni siquiera se dio cuenta de que había oscurecido y la estancia en la que se encontraban ambos hombres a penas era iluminada por el reflejo de las farolas de la calle, a unas decenas de metros bajo ellos. Más que iluminar, perfilaban de manera sutil la oscuridad.
-Ahora que su padre ha muerto, queremos que usted continúe su proyecto, si no habría dado su vida en vano. -el hombre continuó-. Meses antes de morir nos habló de usted y nos informó de que mientras cursaba su carrera universitaria le ayudaba a preparar este mismo proyecto.
-Sí, eso es cierto. -acertó a responder mientras su memoria empezaba a viajar muy atrás en el tiempo-. Le ayudaba. Pero de eso hace muchísimos años y no tengo ni la menor idea de cómo podría ayudarles a continuar el proyecto si tan siquiera soy capaz de hablar con mi padre sobre él. No sé en qué estado estaría.
-No se preocupe por ello. -contestó mientras sacaba de uno de los bolsillos de su gabardina un cuaderno-. Tome, aquí está toda la información que necesita sobre el proyecto. Su padre fue muy inteligente al apuntar cada uno de los pasos que fue dando.
El profesor reconoció de forma inminente ese cuaderno. Era la agenda de su padre. Negra, sencilla, sin nada escrito en la portada. Lo único que rompía la sobriedad de aquella agenda era una floritura con forma de búho en la esquina inferior derecha del mismo.
Ambos hombres callaron. El profesor miraba con detenimiento el exterior de la agenda. El desconocido le observaba con tensión. Y, de repente, se hizo el silencio. Era un silencio casi absoluto. Es ese tipo de silencios que dan lugar justo antes de que ocurra algo malo, muy malo.
El profesor recordaba ese silencio porque era exactamente el mismo que se da segundos antes de la llegada de un tornado, y él vivió esta situación cuando vivía con sus padres en Kansas.
Los pájaros dejan de cantar, el cielo se cierra en un mar de nubes negras y el aire deja de moverse. No corre el viento, nada. Lo único que oyes es tu corazón bombeando sangre y tu propia respiración. En tu cuerpo se instala el miedo y el pánico se atesora de tu mente impidiéndote a penas el movimiento. En el estudio el aire parecía tener la densidad del mismísimo agua. Juraría que se podía cortar en aquel momento.
El silencio fue bruscamente roto por el leve ruido de una pisada en el exterior del piso. El sonido que esa pisada hizo fue lo más parecido a oír el batir de alas de un mosquito en medio del graderío de un estadio de fútbol. Ambos hombres se miraron. Había alguien en el pasillo.
-¿Esperas visita? -preguntó con gravedad el desconocido-.
-No. -pudo dejar salir de su boca el profesor cuyo cuerpo era lo más parecido al estado de una piedra que puede alcanzar un ser humano-.
-Joder, son ellos.
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