Jugando al póquer
me diste la mano,
y yo... yo te robé un as
de trébol sin suerte.
Ambos nos miramos,
y quedamos unidos
en las cartas,
esas que repartió el destino.
-¡Bésame! -te dije-,
y tú reíste negándote,
miraste tu mano
y apostaste mi razón.
Yo te robé un as,
de diamantes y lunas,
esa noche de timba y cartón,
y tú... tú me robaste el corazón.
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