lunes, 29 de julio de 2013

Puedo prometer pensarte. Poema XXV.

Puedo prometerte un infinito,
un mar de sueños, el todo.

Puedo prometerte lo escrito,
bañado en tinta, en puro oro.

Puedo dibujar cada curva
de la perfecta sonrisa,
del arco de tus labios carmín.

Puedo dibujar tus ojos,
esferas de nácar, perlas de la brisa,
apuntando directamente a mí.

Todo lo que puedo prometerte
es el universo.
Todo lo que puedo dibujar,
en este maldito lienzo,
es el motivo de tu regreso,
ya que es lo único en lo que,
últimamente,
pienso.

Sueño con volverte a ver algún día,
ante el horizonte de colores del mar,
pero mientras continúa la espera baldía,
prometo pensarte, nada más.

miércoles, 24 de julio de 2013

Amor de verano. Poema XXIV.

Nos vimos,
nos acariciamos,
nos sentíamos,
nos abrazamos,
nos mirábamos
sin demasiada medida.

Vivíamos en el exceso
del infinito amor.

Nos gritamos,
nos distanciamos,
nos dañamos,
nos odiábamos,
nos olvidamos
en la dura despedida.

Vivíamos en el exceso
del ahora intenso dolor.

No quisimos ver ninguno
que en aquel amor de verano
ya entraba, implícito,
que todo acabaría temprano.

Le dejamos ocurrir,
sin siquiera buscarlo.
Se nos rompió el amor
de tanto usarlo.

martes, 23 de julio de 2013

Reflexiones: La belleza de las luces apagadas. Feria de La Línea 2013.

Primero te paseas por la feria alguno de los nueve largos (cortos para algunos otros) días que dura. Te hallas rodeado de luces, música, voces de feriantes, tómbolas, conversaciones a gritos con amigos por el ruido que no permite una clara comunicación, las casetas, el alcohol, los típicos juegos de puntería, atracciones, etc.
Y llega el último día, en el que la tradición alumbra el cielo con fuegos artificiales. Un maravillosamente bello juego de luces y sonidos que a todo ser humano fascina. Te quedas hasta por la mañana para ver el amanecer (con diferentes porcentajes de alcohol en sangre) y después, ya destrozado por la continua fiesta y el agotador último día de feria, acabas comiendo churros con chocolate.
En un lugar en el que todo es felicidad: sonrisas de niños pequeños viviendo su inocencia montados en unos coches de choque y en atracciones varias, parejas paseando por los 'puestos', gente bailando en las casetas, etc. Aquí mismo, en ese mismo lugar, en ese mismo último día de feria, sobre las 8 de la tarde, se suicidó un trabajador del Barco Vikingo. En apenas dos horas la atracción volvía a estar abierta y disponible, casi de tal forma que nadie se dio cuenta de lo que allí había ocurrido. El suicidio de una persona acostumbrada a ver la felicidad de la gente en sus caras de ilusión y miedo. Gente que sube y baja de la atracción durante 9 días. Que salen de ella con la adrenalina por las nubes y con algún que otro mareo. Luces de colores y sonidos acompasados. Sonrisas.
¿Qué le pasó por la cabeza a aquel hombre para quitarse la vida de esa forma tan brutalmente bella y poética? Podría haberse suicidado de otras mil formas diferentes. ¿Por qué buscó ese método? ¿Por qué ahorcarte de tu propia atracción de feria? Son preguntas a las que no podemos dar una clara respuesta. El único conocedor con certeza de éstas es ese hombre. Ese ser humano. Esa persona cuyo cadáver fue retirado y a los pocos minutos la atracción estaba completamente funcional. Minutos. Pocos minutos.
¿Qué puede sentir ahora mismo una persona que se montara en el Barco Vikingo, apenas unas horas después de que uno de los trabajadores del propio se hubiese suicidado allí mismo, justo donde ellos estaban ahora riendo y gritando de emoción?
El encargado de abrir de nuevo al público el Barco Vikingo, ¿pensó realmente en ello? ¿Qué lo motivó a hacerlo? ¿Que continuase la normalidad? ¿El dinero? ¿Ambas?

Es la cara más difícil y dura de la vida. La muerte. Pertenece a la vida. Vive en ella. Nos rodea. Nos embriaga con su aparente oscuridad. Tenemos seguridad de ella, cosa que de la vida no. Contemplamos la certeza de que llegará y que solo es una cuestión de tiempo. A este hombre su certeza le llegó colgado de una cuerda de una atracción de feria a una hora ya tardía (sobre las 8 de la tarde), cuando la feria empezaba a llenarse de felicidad en su último día. El último día de feria. El último día de la vida de esa persona.

El lunes fui a dar un paseo por el recinto ferial. El llamado lunes de resaca. Lo hice ya bien entrada la noche, de luna llena, iluminada por ella y por la compañía. Todas esas luces que hacía menos de 24 horas aún brillaban en los corazones de los ciudadanos hoy yacían apagadas. Paseábamos por calles en cuyos laterales solo había camiones y grúas. El suelo estaba cubierto de cristales rotos y papeletas de tómbolas. De tómbolas que ya no estaban allí. De cristales rotos que darían vivo reflejo de la imagen que podía contemplar. Los pocos feriantes que quedaban, en caravanas en las que habitaban y hacían su vida cotidiana, trataban de recoger los últimos despojos de lo que durante nueve días, y hasta hacía apenas unas horas, había sido una fiesta. Era todo tan deprimente, oscuro, apagado, desconcertante y... bello... Yo allí veía belleza. Sí, belleza. Noche de luna llena. Solo un par de farolas cada 25 metros de caminata y, que iluminaban a tientas, por la altura de los enormes camiones aparcados justo debajo de ellas. La compañía.
La luna y ella iluminaban el camino hasta la playa, cruzando por lo que ahora parecía más un gueto. Un gueto de feriantes. Un gueto de personas que viven como nómadas repartiendo felicidad por pueblos y ciudades. A cambio de dinero, sí. Pero, ¿en este mundo qué no cuesta ya dinero? Anoche viví la cara más oscura de la feria. Anoche viví la cara más humana de la feria. Ésta se quitó la máscara y se mostró como es. Anoche comprobé qué hay detrás de su bella cara de colores y sus sonrisas con un precio de 3,50€.

Te das cuenta de la oscura y oculta cara de la decadencia. Vivimos en una constante imagen irreal de hechos y estímulos. Tapada por una fachada, una imagen, una máscara con un dolar tatuado. Vivimos en una mentira que da dinero. Hemos llegado a ese punto. Nos hemos obstinado a no revelar la verdad, a no vivir en la verdad.

domingo, 21 de julio de 2013

La flor de los 15 años. (A Noe). Poema XXIII.

Pequeño contenedor de amor,
corazón de todo el sentimiento,
cabellos del rojo color,
emoción y juventud sin lamento.

Tu mera existencia divina
nos señala el camino,
es la luz que nos ilumina,
luna de noches sin destino.

Niña, ya casi mujer,
abrazos reconfortantes,
muestras gratas de madurez,
calurosas muestras flagrantes.

En este cumpleaños, este día,
acepta mi humilde regalo,
aunque pueda parecer una carta fría.

Quiero a tus padres agradecer,
el haberte educado así,
pequeña rosa aún sin florecer.

Nacida sin vanidades,
hoy, en este día, en esta vida,
te deseo muchas felicidades.


(A Noe, por su madurez, cariño, amabilidad y su eterna sonrisa. Felicidades.)

viernes, 19 de julio de 2013

Volver a vivir el amor. Poema XXII.

Hoy mi puño cuenta la historia
con su propia tinta oscura,
aquella que tiene la memoria,
la de la palabra más pura.
Despertará a la momia
de la blanca envoltura.

Los ojos callan para no oír,
no quieren volver a tocar,
no quieren volver a sentir.
Silenciaron para no derramar,
lo hicieron para no repetir
y al llanto triste aclamar.

Ellos no quieren volver a ver,
ya les suena este cuento,
y solo da vueltas del revés.
Saben de su final cruento,
de sus heridas sin lamer,
y dónde lleva el amor su acento.

Pero grita el corazón que sí,
que merece otra oportunidad.
Reclama un continuo frenesí,
pues esto le hace vivir de verdad.
Estar toda la vida enamorado,
buscando huir de la realidad.

La razón gira la cabeza,
mostrando una señal de enfado,
Él tiene la exacta certeza,
del error es ya aliado.
No quiere saber, sino callado,
ya espera al que tropieza.

Por ello la boca hoy llora,
por no poder hablar primero,
buscando palabras sin mora,
sin rendirse cual guerrero,
buscando siempre la hora
de poder decir su "te quiero".

martes, 9 de julio de 2013

El ascenso, parte VI. Juego literario.

Para seguir la historia completa visita el siguiente link: http://angelgarriv.blogspot.com.es/p/el-ascenso.html


Anduvieron durante unos minutos por la calle, repleta de gente, con afán de tratar de despistar a quienes, hipotéticamente, podrían seguirles. No abrió la boca ninguno; David, el profesor, porque aún no sabía muy bien si lo que estaba ocurriendo era real; y aquel hombre lo hacía por mantener la frialdad que le había representado en todo momento desde su primer contacto con David.

Tras pasar por algunas callejuelas estrechas, amparados por el silencio y sigilo de la noche, y cerciorarse de que nadie les seguía ambos fueron hacia un coche. Era un flamante sedán negro con los cristales traseros tintados. No había nada característico que lo diferenciase de cualquier otro coche, excepto la propia sobriedad del oscuro. Era un coche robusto, fuerte, casi cuadrado. Por la forma del capó cualquiera podría adivinar que era un vehículo de gran potencia. Ambos montaron. David se sentó en el lado del copiloto manteniendo la composición de su rostro como podía, ya que llevaba algo más de una hora siguiendo a aquel hombre, que le había salvado la vida, sin cruzar palabra alguna con él y sin más explicación que la de una corta y concisa charla. Estaba en completo shock.

El coche arrancó, y David pareció volver en sí con el ruido de aquel giro de la llave en el contacto.
-¿Dónde vamos? -preguntó con la boca entreabierta y sin pestañear.
-A un lugar seguro. Aquí no lo estás.

David dudaba. Aquel hombre había salvado su vida, pero acompañarlo supondría la total desaparición de su vida, al menos tal y como la conocía. Vivir entre soledad, melancolía, llantos, tristeza, fotos y libros no era lo que se podría llamar una vida plena, pero, en algún momento u otro nos terminamos acostumbrando a eso que solemos llamar rutina. Aunque, por otra parte, si habían intentado matarlo una vez, ¿qué le impedía pensar que podrían hacerlo otra vez?

De nuevo su mente se abstrajo del mundo terrenal. De nuevo las nubes no le parecían lo bastante alto. De nuevo el suelo le daba vértigo. Siempre había sido propenso a no tener que elegir entre decisiones demasiado dolorosas. Esto le había supuesto grandes problemas. Estaba solo por ello. Hubiera muerto solo por ello, de no ser por esta confusa y veloz tarde de color bronce, que invitó a la plata nocturna de la luna que iluminaba las calles en su camino a ninguna parte.

-Abrid la verja del recinto y el portón de la entrada de la montaña. -dijo "el Jefe" con firmeza.
-De acuerdo, señor. -contestó alguien al fondo.

El sonido del cambio de pavimento despertó a David. Se había quedado dormido en el coche. Iban por un camino rural rodeado de árboles y oscuridad en la que no podían visualizar nada más allá de lo que las tenues luces del silencioso y enorme coche les permitían.
-¿Dónde estamos? -quiso saber David.
-Ya estamos llegando, sigue durmiendo si quieres. Necesitas recargar energías, ha sido un día largo. -respondió con algo de más suavidad en la voz.
-No tengo sueño ahora mismo. Por cierto, no me dijiste tu nombre.
-Christian, me llamo Christian. Perdón por no habértelo dicho antes. Como comprenderás no hemos tenido tiempo para ello. -casi interrumpió a David, como si le diera vergüenza no haberse presentado hasta este momento.
Aquel hombre, frío y directo, de la gabardina parecía haberse sustituido por este otro, que parecía más calmado por, suponemos, la proximidad a un lugar realmente seguro. Eso relajó también a David. Eso y que, tras pasar la mano por el bolsillo interior de su abrigo, recordó que aún mantenía la foto. Lo único que le mantenía conectado con su anterior vida. La foto de ella.
-Muchas gracias por todo. Gracias, de verdad. -aprovechó David para comentar en la distensión del momento.
-¿Por qué deberías darme las gracias? Es mi trabajo, no hice nada más que eso. Mi deber.
David, impactado por la respuesta, continuó:
-¿Tu trabajo?
-Sí. Eso dije. Mi trabajo. Cuando lleguemos ya hablaremos sobre ello.

Pasaron apenas unos minutos y empezó a levantar el alba sus luces de la renovación, que barrieron la oscuridad, aunque no del todo, de lo que parecía un frondoso bosque. Pasaron a través de un pequeño puente de madera que cruzaba un riachuelo de montaña y, a unos pocos metros, se abrió lo que parecía ser un trozo de una colina oculta bajo ciento de largos árboles. Una boca enorme que no dejaba ver nada en su interior más que reflejos. Entraron en ella y se cerró a su paso mientras continuaban un camino debajo de la colina, bien pavimentado con planchas de cemento. En los laterales unos pequeños faroles con bombillas iluminaban el túnel, que ofrecía al fondo una luz brillante y grisácea.

-Bienvenido, David. -se adelantó a decir una de las personas que allí esperaban a que ambos bajaran del coche.
-Gracias.
-Soy Bruce, aunque todos me llaman Jefe. Estas son las instalaciones de nuestro equipo de investigación, el mismo que tendrás a tu cargo si aceptas la oferta y continuas con nosotros. -extendió la mano para ofrecérsela a David y ambos se saludaron.
-Supongo que querrás descansar un poco antes de empezar a...
-Ahora mismo no quiero descansar. Me gustaría saber qué hago aquí, por qué alguien ha intentado matarme hoy, por qué mi padre seguía vivo sin saberlo, por qué fue asesinado. -cortó David.
-Cálmate muchacho, cálmate. Hay tiempo para eso, primero te convendría descansar un poco. -contestó Bruce, que tenía voz grave, pero a la vez suave y transmisora de tranquilidad. -Vivirás con Christian en un piso de la ciudad, así estarás más seguro. Descansa bien y compra algo de ropa, el dinero no es un problema. Volved mañana y contestaré a todas las preguntas que tengas, que creo serán muchas, es normal que estés algo confuso.

-No te separes de él. -se acercó el Jefe para susurrar al oído de Christian. Éste asintió.

-Vamos, te llevaré a comprar algo de ropa primero. -dijo Christian dirigiendo la mirada a David que, haciendo caso a lo señalado, dio media vuelta y puso dirección al coche. Estaba demasiado cansado.
Ambos montaron en el mismo vehículo de antes y salieron por el angosto túnel, por el que habían venido anteriormente, hacia la claridad de la mañana de un día que los saludaba con cegadores rayos de luz.

sábado, 6 de julio de 2013

Reflexiones de un corazón noctámbulo. Poema XXI.

Bajo el abrazo nocturno
de la noche marchita,
impresa en las aguas
de sueños que la transitan.

Bajo el árbol agotado
de una vida infinita,
cuyas hojas no se mueven,
bailan, por el aire mecidas.

Aquí escribiré la historia
de un sueño deslumbrado,
figurándolo en el bien,
dejándolo, sin ser atisbado.

Aquí escribiré la oda definitiva,
aquella que cante al ser humano,
un himno a la felicidad y,
¿por qué no?, también al enfado.

Descubriré que no estaba solo
en aquella larga travesía,
pues estaba bien acompañado,
tenía de mi lado a la poesía.

Descubriré una luna sonriente,
y al mar oscuro, su aliado,
y tendré que pedir perdón,
perdón por haberla amado.