martes, 23 de julio de 2013

Reflexiones: La belleza de las luces apagadas. Feria de La Línea 2013.

Primero te paseas por la feria alguno de los nueve largos (cortos para algunos otros) días que dura. Te hallas rodeado de luces, música, voces de feriantes, tómbolas, conversaciones a gritos con amigos por el ruido que no permite una clara comunicación, las casetas, el alcohol, los típicos juegos de puntería, atracciones, etc.
Y llega el último día, en el que la tradición alumbra el cielo con fuegos artificiales. Un maravillosamente bello juego de luces y sonidos que a todo ser humano fascina. Te quedas hasta por la mañana para ver el amanecer (con diferentes porcentajes de alcohol en sangre) y después, ya destrozado por la continua fiesta y el agotador último día de feria, acabas comiendo churros con chocolate.
En un lugar en el que todo es felicidad: sonrisas de niños pequeños viviendo su inocencia montados en unos coches de choque y en atracciones varias, parejas paseando por los 'puestos', gente bailando en las casetas, etc. Aquí mismo, en ese mismo lugar, en ese mismo último día de feria, sobre las 8 de la tarde, se suicidó un trabajador del Barco Vikingo. En apenas dos horas la atracción volvía a estar abierta y disponible, casi de tal forma que nadie se dio cuenta de lo que allí había ocurrido. El suicidio de una persona acostumbrada a ver la felicidad de la gente en sus caras de ilusión y miedo. Gente que sube y baja de la atracción durante 9 días. Que salen de ella con la adrenalina por las nubes y con algún que otro mareo. Luces de colores y sonidos acompasados. Sonrisas.
¿Qué le pasó por la cabeza a aquel hombre para quitarse la vida de esa forma tan brutalmente bella y poética? Podría haberse suicidado de otras mil formas diferentes. ¿Por qué buscó ese método? ¿Por qué ahorcarte de tu propia atracción de feria? Son preguntas a las que no podemos dar una clara respuesta. El único conocedor con certeza de éstas es ese hombre. Ese ser humano. Esa persona cuyo cadáver fue retirado y a los pocos minutos la atracción estaba completamente funcional. Minutos. Pocos minutos.
¿Qué puede sentir ahora mismo una persona que se montara en el Barco Vikingo, apenas unas horas después de que uno de los trabajadores del propio se hubiese suicidado allí mismo, justo donde ellos estaban ahora riendo y gritando de emoción?
El encargado de abrir de nuevo al público el Barco Vikingo, ¿pensó realmente en ello? ¿Qué lo motivó a hacerlo? ¿Que continuase la normalidad? ¿El dinero? ¿Ambas?

Es la cara más difícil y dura de la vida. La muerte. Pertenece a la vida. Vive en ella. Nos rodea. Nos embriaga con su aparente oscuridad. Tenemos seguridad de ella, cosa que de la vida no. Contemplamos la certeza de que llegará y que solo es una cuestión de tiempo. A este hombre su certeza le llegó colgado de una cuerda de una atracción de feria a una hora ya tardía (sobre las 8 de la tarde), cuando la feria empezaba a llenarse de felicidad en su último día. El último día de feria. El último día de la vida de esa persona.

El lunes fui a dar un paseo por el recinto ferial. El llamado lunes de resaca. Lo hice ya bien entrada la noche, de luna llena, iluminada por ella y por la compañía. Todas esas luces que hacía menos de 24 horas aún brillaban en los corazones de los ciudadanos hoy yacían apagadas. Paseábamos por calles en cuyos laterales solo había camiones y grúas. El suelo estaba cubierto de cristales rotos y papeletas de tómbolas. De tómbolas que ya no estaban allí. De cristales rotos que darían vivo reflejo de la imagen que podía contemplar. Los pocos feriantes que quedaban, en caravanas en las que habitaban y hacían su vida cotidiana, trataban de recoger los últimos despojos de lo que durante nueve días, y hasta hacía apenas unas horas, había sido una fiesta. Era todo tan deprimente, oscuro, apagado, desconcertante y... bello... Yo allí veía belleza. Sí, belleza. Noche de luna llena. Solo un par de farolas cada 25 metros de caminata y, que iluminaban a tientas, por la altura de los enormes camiones aparcados justo debajo de ellas. La compañía.
La luna y ella iluminaban el camino hasta la playa, cruzando por lo que ahora parecía más un gueto. Un gueto de feriantes. Un gueto de personas que viven como nómadas repartiendo felicidad por pueblos y ciudades. A cambio de dinero, sí. Pero, ¿en este mundo qué no cuesta ya dinero? Anoche viví la cara más oscura de la feria. Anoche viví la cara más humana de la feria. Ésta se quitó la máscara y se mostró como es. Anoche comprobé qué hay detrás de su bella cara de colores y sus sonrisas con un precio de 3,50€.

Te das cuenta de la oscura y oculta cara de la decadencia. Vivimos en una constante imagen irreal de hechos y estímulos. Tapada por una fachada, una imagen, una máscara con un dolar tatuado. Vivimos en una mentira que da dinero. Hemos llegado a ese punto. Nos hemos obstinado a no revelar la verdad, a no vivir en la verdad.

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