martes, 13 de agosto de 2013

Una vida que vivir. Poema XXVIII.

Deja que el viento te guíe a casa,
no luches contra él,
es inútil, es simple naturaleza.

Deja que la lluvia te acaricie,
con sus finos dedos purificantes,
de amor, de agua en superficie.

Luna de mil mares espejo,
enséñame a vivir,
retrátame en tu reflejo,
dame un motivo para morir.

Sol de la eterna llama,
ámame como a uno más,
ilumina mi camino a casa,
pero deja, también, a la oscuridad.

No hagas, señorial muerte,
que me apiade de ti.
Es imposible el verte
como una amiga afín.

No hagas, dolorosa vida,
que te ame sin medir.
Es posible que, algún día,
acabes tediosa en mí.

Déjame vivir en tu belleza natural,
muéstrate ante mí
como pura verdad.

Déjame verte, tal cual.
No te muestres ante mí
en ese disfraz de oscuridad.

Porque el amor al arte no es amor,
es sentimiento, es emoción,
es puro corazón.

Porque el equilibrio con la naturaleza
no depende del que reza,
ni se descubre sobre niebla espesa.

Párate a pensar qué es la vida,
te darás cuenta que fluye ahí,
en ti, sobre ti, escapando
entre tus dedos.
No lo hagas, no pienses,
vive sin pensar en vivir.

Atácame, vida de martirio,
que yo sabré que hacer en ti,
belleza de luna llena, flor de azahar
con olor a jazmín,
para en cada momento establecer
el más justo de los equilibrios.

Pégame con tu realidad,
noquéame, aquí, en la cara,
hazme caer a la lona extenuado,
que el día que esté de ti más cansado,
ese día, podré respirar de ti
la esencia de tu bondad.

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