sábado, 31 de agosto de 2013

Aires de mar en la ciudad. Poema XXXIII.

Brisa de lindes indómitos
que baña la bahía de la ciudad,
observas las aves a tu lado,
sin detenerte para respirar.

Y es que eres el aire amado,

amante de las caricias a la piedra,
armado de aves y hojas de otoño,
incesante en buscar tu lugar.

Vientos por callejuelas oscuras,

que haces correr en libertad.
De inocentes vidas jugando
con una pelota eres testigo sin más.

Llévate de aquí, de mis calles,

el dolor y la verdad,
deja que el mundo se aclare
y te deje al albedrío volar.

Tú, brisa, que bailas con olas,

tráeme el dulce olor de mi mar,
deja que se lleven los vientos
esta melancolía de mi ciudad.

Deja que el mar inunde esta sala,

que entre en mi corazón la sal.
Yo abriré mi pequeña ventana,
esperando, sin permiso, tu soplar.

Vistes de seda a las aves,

rascas los cielos de la ciudad,
hurgas entre sus calles
haciendo al polvo gritar.

No vueles alto, pequeño ruiseñor,

ven aquí abajo, a la plaza, con destreza,
el pueblo entero ya espera
el abrazo de la madre naturaleza.

Y entre tanto paseo del aire

ya llegó el anochecer a mi reloj,
he de irme al monte, al lugar,
de donde algún día esa brisa partió.

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